Las escuelas no escapan de los desastres naturales

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Mixzaida Peña Zerpa. Red Iberoamericana de Docentes. Venezuela.

Las escuelas son concebidas como centros educativos donde no solo asisten niños y niñas sino docentes, obreros (jardinero, porteros y aseadores) y demás empleados (secretarias, psicólogos, nutricionistas, entre otros). El concepto involucra a la infraestructura, la función de aprendizaje, la metodología aplicada por los docentes y sus relaciones con otros actores y contextos. En palabras más sencillas, es el lugar donde pasan el mayor tiempo del día los niños y niñas realizando actividades unas de mayor riesgo que otras.

Las actividades preeescritas y reales junto a los medios de trabajo e infraestructura propician un conjunto de procesos peligrosos dentro y fuera del aula. La tendencia es que los niños se desplacen de un nivel a otro subiendo y bajando escaleras hasta rejas y árboles (en casos extremos sin supervisión); corran de un lado a otro a un mismo nivel chocando con objetos y otros compañeros, peleen y jueguen entre ellos. Las lesiones pueden variar entre las más leves (raspones y moretones) hasta las más graves (fracturas, esguinces y hasta la muerte). Pero, ¿qué pasa cuando ocurre un desastre natural en cualquier localidad, llámese terremotos o tormentas tropicales?, ¿estarán preparadas las escuelas de primarias?

Las estadísticas indican que al menos 34 millones de niños enfrentarían riesgos sísmicos mientras asisten a clases (Wisner, 2004). Ejemplos de esta situación: los sismos de Irán (2005) que destruyeron 130 escuelas y el terremoto de California (1993) que destruyó 70 escuelas y causaron daños a otras 120 escuelas sin víctimas que lamentar. Además, en México (2017) al menos 32 niños y 4 docentes murieron aplastados en la escuela Rebsamen, y otros 27 niños y un maestro murieron en Italia (2002) al derrumbarse una escuela por causa de un terremoto.

La ignorancia hace considerar estas situaciones de catástrofes como algo sin importancia que solo pasan en otros lugares remotos menos en los centros educativos del país o localidad donde aprendemos o enseñamos. Las experiencias internacionales muestran la inyección de sumas alta de dinero para reconstrucción de escuelas después de los eventos, un proceso que puede durar años pero que jamás serviría para recuperar las vidas humanas de niños, niñas y docentes.

Como dice las Naciones Unidas la reducción de los desastres deberían comenzar en las mismas escuelas tanto en los países vulnerables como no vulnerables ante las amenazas naturales. Es necesario que todos los países cuenten con una campaña en educación sobre los riesgos de desastres y seguridad escolar que permita la integración a los planes nacionales con la finalidad de aumentar el grado de concientización. Es un objetivo que requiere el apoyo de un conjunto de actores (comunidades, organizaciones gubernamentales, organizaciones no gubernamentales y junta de representantes). Los gobiernos deben capacitar a los docentes tanto de escuelas públicas como privadas para que estos puedan formar parte de un proyecto integral al enseñar. El desafío más grande está en los países que no creen en una cultura preventiva.

Además cada escuela debe contar con un protocolo escolar de emergencia. No hay que esperar que ocurra un siniestro para empezar a diseñarlo. Generalmente forman parte de un plan de gestión de riesgo a nivel nacional. Cada protocolo se construye en base a la realidad, historia y amenazas que permitirá proteger las vidas humanas, la infraestructura (materiales y equipos), el derecho a la educación y apoyar a las autoridades competentes en el área de sismos.

La seguridad en los edificios e infraestructura de los centros educativos es otro punto importante. Toda construcción debe ser segura contra riesgos de desastres. Se espera la inversión en dinero por parte de los gobiernos locales y nacionales. La idea es salvar vidas.

Los especialistas juegan un papel fundamental en la construcción de las infraestructuras, supervisión y control de las mismas. Uno de los grandes errores es construir una escuela sobre una falla sin tomar en consideración el conocimiento de los expertos, la tecnología y los aspectos técnicos necesarios. Tal como ocurrió en Venezuela en el terremoto de Cariaco, estado Sucre en 1997 que provocó el derrumbe de cuatro edificaciones escolares como resultado de las deficiencias estructurales para resistir terremotos en una falla sísmica:

Poca rigidez y resistencia lateral, baja capacidad para disipar energía, insuficiente resistencia al cortante y la presencia de columnas “cortas”. Por otro lado, el derrumbe de dos edificaciones fue también influenciado porque fueron construidos en una zona sísmica con intensidad dos veces mayor a la de la zona especificada en los planos de construcción (López, O., Hernández, J., Del Re, G., & Puig, J, 2004, p. 1).

Una de las escuelas afectadas fue la Escuela Valentín Valiente donde la “la mayoría de los heridos eran niños que perdieron brazos o manos, después de que fueron extraídos de los escombros ” (La Nación, 1997). Además de los fallecidos entre ellos alumnos y maestras.

Historias como estas no podemos olvidar. Sirven como referencia para seguir avanzando en materia de gestión de riesgos e investigando sobre nuevas tecnologías vinculadas con materiales y diseños estructurales.

REFERENCIAS

López, O., Hernández, J., Del Re, G., & Puig, J. (2004). Reducción del Riesgo Sísmico en Escuelas de Venezuela. Boletín Técnico, 42(3), 33-56. Disponible: http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0376-723X2004000300002&lng=es&tlng=es. [Consulta: 2019, Abril 17]

Wisner, B. (2004). Seguridad sísmicas en las escuelas ¿Escapándome de las manos?

La Nación (1997). Muertes estremecen Venezuela. Victimas ascienden a 69. Disponible: https://www.nacion.com/archivo/muertes-estremecen-venezuela/KU4TVR4YJJF6HHPDHAW5FH7IHA/story/[Consulta: 2019, Abril 17]

Written by MIXZAIDA PEÑA